¿Disfrutar del embarazo?

alex10

Cualquiera diría que después del positivo y esa primera ecografía en la que latían dos lucecitas una tendría que estar dando saltos de alegría (o el equivalente a saltar cuando estás embarazada, claro). Pues no, para nada. De hecho, y a riesgo de que alguien se ofenda, podría decir que ni me permitía estar contenta.

Tenía miedo a que de repente el señor destino apareciera con su varita mágica hija de puta malvada y me tocara con ella (¡CLING!) diciendo: hasta aquí llega tu sueño, pequeña. Un poco más lejos que las otras veces, no te quejarás. Y luego vendría de nuevo todo el dolor y el luto y esas duras palabras que tantísimas veces me he repetido a mí misma y de las que tal vez hable en algún momento.

Al principio, las primeras semanas, cada vez que sentía el flujo y la progesterona, esa mezcla que las que nos hemos sometido a tratamientos de fertilidad solemos conocer muy bien, corría al lavabo para saber si era sangre, si manchaba un poco, si se iba a acabar ya.

Lo cierto es que la mancha llegó (y se quedó) pero al final todo resultó ser un pequeño hematoma que me tuvo con el corazón en vilo varias semanas. Por suerte las ecografías iban confirmando que todo avanzaba pero la paranoia no te la quita nadie y lo que sientes la primera vez que te limpias al ir al baño y ves esa sangre oxidada salir de ti… no se lo deseo a nadie.

Mientras, en mi cuerpo se producían cambios y los famosos síntomas de embarazo, de los que ya hablaré más a fondo, empezaban a agudizarse. El cansancio extremo, la tensión por los suelos, crisis de migraña de tres o cuatro días, el cerebro no funcional.

Y a tu alrededor la gente te dice: ¡disfruta del embarazo!
Señoras, señores, con todos mis respetos pero, ¿cómo quieren que disfrute? ¡No me da la vida!

Además, tenía (y tengo) un problema con la palabra “embarazada” cuando se refiere a mí. No me identifico con ella por mucho que me la repita y por mucho que la haya dicho ya mil veces en voz alta a estas alturas. Es como que no va conmigo, que hablo de otra.

Cuando me hacen ecografías es como si me pasaran un documental de esos que tanto me gusta ver y eso que a veces son algo molestas, y por mucho que cuando te dejan ver la pantalla te quedas tan alucinada que se te olvida el “dolor”. Pero sigue sin parecerme mi cuerpo, sigo sin sentirme yo.

No me lo creo. No me permito creérmelo. De esto el miedo vuelve a ser el culpable. Oyes tantas cosas, conoces tantos casos a estas alturas. Abortos, corazones que dejan de latir, sin más, sin que hayas hecho nada malo, sólo porque por algún motivo que estoy segura de que jamás alcanzas a comprender, no tenía que ser.

Y aquí sigo a mis 16 semanas ( y pico), aterrada, con miedo a sentir eso que tantas veces he leído de lo maravilloso que es el segundo trimestre, la alegría, el sentirse una diosa de la creación por poder generar vida… ya me entendéis.

Ahora mismo lo que espero con más ganas es sentirles, que se hagan realidad de una forma inconfundible que no me pueda negarme a mí misma más veces porque el tiempo vuela, la tripa crece y antes de que me dé cuenta esta etapa de mi vida que yo soñaba con vivir de una manera muy distinta, habrá pasado.